miércoles, 21 de junio de 2017

Happy Unbirthday

Es curiosa la forma que tienen los simios de conmemorar el paso del tiempo. Celebran los aniversarios de los acontecimientos importantes de sus vidas como los nacimientos, las defunciones, los matrimonios, los primeros besos, las liberaciones de ejércitos enemigos o cualquier otra efeméride relevante que se les ocurra. Para una ardilla cuyas jornadas se desgranan siempre del mismo modo, la obsesión bípeda por las clepsidras ha sido siempre uno de los aspectos más complicados de entender.

Entre tanto monumento a la memoria privada y colectiva, hay un fenómeno que he observado repetidamente desde que me incorporé a las idas y venidas de mi ama: los dobles cumpleaños. Todo bípedo tiene una fecha de nacimiento oficial, esa que aparece meticulosamente registrada en sus partidas de bautismo, pasaportes y documentos de identidad. Algunos simios, no obstante, poseen también un fecha oficiosa. Mi dueña, sin ir más lejos, es una de ellas. Pero tal vez debería explicarme mejor.

Hay una pregunta que se repite con mucha frecuencia entre los simios migratorios, independientemente del país en el que vivan: “¿cuánto llevas aquí?/¿Cuándo llegaste?”. Quizás la única excepción a la regla, por el momento, sea Dinamarca, donde el interrogante se invierte y se transforma en “¿Cuánto tiempo piensas quedarte?”. Se trata de una curiosidad razonable porque es un modo de estimar el grado de adaptación al entorno o de inexperiencia de tu interlocutor. Lo que me llama poderosamente la atención son las tipologías de respuesta: la mayoría de las ocasiones se contesta con una fecha concreta (“Llegué el 14 de octubre de 2009) o se expresa el tiempo que falta hasta llegar a dicha fecha (El 31 de mayo hará dos años que me vine). La precisión con la que se cita el dato resulta llamativa; solamente faltan la hora y el número de vuelo para poder reconstruir íntegramente el periplo de ida.  

Como tantos otro bípedos, la humana que custodio posee sus propias efemérides viajeras. Varias, de hecho, porque si se para a pensarlo todavía es capaz de recordar los días exactos en los que llegó a Nueva York, a Venecia o a Copenhague, y los días en los que se marchó. Así es como surgen los segundos cumpleaños de las personas: reiniciando tu vida una o varias veces.

Los humanos deslocalizados son unos excelentes contables de tiempo. Sospecho que dejar tu mundo atrás es un evento lo suficientemente destacado como para justificar que las cuentas se lleven al milímetro. De hecho, me pregunto hasta qué punto esas fechas no marcan el aterrizaje en una nueva realidad, sino la partida del hogar (señalan ambas cosas, desde luego, pero probablemente los porcentajes no sean equitativos). Intuyo, también, que no perder el hilo de la ausencia es una forma de mantener un vínculo mental con esa tierra que sigue latiendo del otro lado de la ventanilla. Aferrarse al punto de inflexión es un mecanismo profundamente simio porque no hay nada más humano que intentar aprehender lo inaprehensible.

Por otro lado, ignoro si tras una estancia prolongada los calendarios llegan a difuminarse de tal manera que resulta imposible recordar cuándo se produjo el cruce de fronteras. No me sorprende que a mi dueña le de un poco de miedo averiguar los efectos de los relojes sobre los almanaques: teme que el intervalo entre la fecha de inicio y el presente se distancien tanto que deje de tener sentido contabilizar su duración. Ella también es de esas personas que responde a las dos preguntas citadas más arriba con una fecha determinada. En su cabeza, perder la cuenta equivaldría a una renuncia tácita al retorno. Ya ven ustedes, ni siquiera como emigrante es original.

Hoy se cumple un año de nuestra llegada a Norwich. Hace 365 días solicité para mi ama un cargamento de migas con las que no perderse por el camino. Poco sabía yo que aquella era también una petición nutricional porque en esta isla no saben hacer pan de verdad, pero ese es otro tema. De lo que no era consciente entonces era de que estaba enfocando las cosas del modo equivocado: los recuentos no deberían hacerse progresiva sino regresivamente. No se trata de ir sumando momentos de ausencia a partir de una fecha concreta; el juego no consiste en decir “hoy hace tanto que me fui”, sino al revés. Nuestro corte tuvo lugar el 20 de junio de 2016 y desde ese día lo que deberíamos hacer es descontar: cada veinticuatro horas falta una jornada menos para el retorno definitivo, sea cuando sea, transcurran meses o años. Puede parecer una distinción irrelevante en lo que al tiempo transcurrido se refiere, pero entre ambas oraciones hay una diferencia fundamental: la primera mira hacia atrás con nostalgia; la segunda, hacia adelante con esperanza.

Así pues, hoy no hace un año que nos marchamos.

Hoy queda un año menos para que volvamos.

[Por mi parte, este otoño cumpliré cinco años persiguiendo a mi humana, y no sé qué me inquieta más, si el llevar tanto tiempo en compañía de semejante engendro disfuncional o el estarme humanizando hasta el punto de haber hecho los cálculos – la cosa es que, por ahora, no me sale decir “quedan cinco años menos para librarme de ella”].  

domingo, 11 de junio de 2017

Grocery Shopping (II)

Los lectores asiduos de este blog recordarán que en una entrada reciente narré las fatigas que pasamos a principios de este año a causa de la crisis de verduras y hortalizas que recorrió la isla y cómo, a consecuencia de ello, mi dueña se transformó en coleccionista de calabacines.

Esto último, en realidad, no es completamente exacto: el ansia acumuladora de mi humana no es nueva, como sabrá cualquiera que la conozca personalmente. Mi simia colecciona cosas de lo más variopintas, desde libros a variedades de té, pasando por puntos de lectura o postales, y cosas completamente innecesarias, como tarritos de cristal vacíos, velas perfumadas que nunca se acuerda de encender o un sinfín de cajitas de lentillas (solamente tiene dos ojos, ¡¿cuántos envases pretende usar simultáneamente?!).

En el caso que nos ocupa esta tendencia congénita se traduce en la necesidad constante de hacer acopio de vituallas. No importa que la despensa ya esté llena para el resto de la semana: siempre habrá sitio para otras tres latas de atún, medio kilo de kiwis y un kilo de arroz, no vaya a ser que se le terminen al mismo tiempo el arborio y el basmati y encima aparezcan invitados a cenar. ¡Tal eventualidad supondría una deshonra para ella! Pese a todo, debo decir en defensa de mi bípeda que rara vez se le pone algo malo, aunque no es la primera vez que algún amigo, una servidora y SinNombre (sí, todavía no hemos bautizado a la ardilla roja, ¡necesitamos ideas!) le echamos una mano para acabar existencias.

Entre sus rituales de abastecimiento habituales, mi dueña ha adoptado la costumbre de comprar una vez al mes a través del portal de una cadena de supermercados isleña que le trae el pedido a casa. Suele aprovechar para encargar los artículos más pesados con el objetivo de ahorrarse cargar con ellos a la espalda. Hasta aquí todo bien. El problema surge cuando las personas responsables de gestionar las solicitudes de los clientes cometen algún error y la clienta en cuestión es mi humana, porque entonces una simple transacción comercial deviene en sainete o en tragedia griega, según.

Situémonos en un tranquilo lunes por la noche. Mi ama ha vuelto de nadar, sus ardillas dormitan plácidamente en el sofá y la cena está casi lista. El repartidor del supermercado llama al telefonillo, llega hasta nuestra puerta, entrega a mi bípeda la lista de artículos y ella recoge uno por uno sus cartones de leche, las redes de naranjas y los pomelos que ha adquirido esa semana. El repartidor y ella se dan las gracias mutuamente, como es prescriptivo en este país, y cada uno retorna a sus respectivas ocupaciones.

Dos días más tarde en el extracto bancario de mi simia aparece un cargo adicional a nombre del supermercado que no se corresponde con ningún pedido reciente. Tras una somera investigación, mi dueña repara en que en el justificante entregado por el repartidor, y que ella no leyó detenidamente en su momento, pone que le han servido 49 kilos de pomelos y por lo tanto le están cobrando la diferencia con respecto a su pedido original. 49 kilos, no obstante, repartidos en las siete unidades que encargó, es decir, que basándonos en los cálculos del supermercado cada pomelo pesa siete kilos.

Siendo evidente que ni nuestra nevera ni mi bípeda habrían sido capaces de soportar tamaña carga, esta última se apresuró a llamar a la centralita de atención al cliente para dar parte de la situación. Tras media hora de explicaciones y de mucha confusión por parte de la pobre telefonista que no acababa de entender que sus compañeros nos hubiesen entregado un cargamento de pomelos de plomo, mi dueña logró que le pidiesen disculpas y le devolviesen el importe cobrado por equivocación.

Unas semanas más tarde mi simia volvió a realizar un pedido online. Confiada en que el error se habría subsanado a raíz de su llamada, encargó nuevamente provisiones de pomelos pero esta vez, escarmentada, comprobó el justificante de compra que le enviaron por correo electrónico unas horas antes del reparto. Para su sorpresa, ahora sus ocho pomelos pesaban 64 kilos y los del supermercado se habían quedado tan anchos. Además, la inmediata llamada a la centralita resultó ser completamente inútil porque la telefonista la informó amablemente de que hasta que no se hubiese efectuado el reparto ellos no podían hacer nada al respecto.

Ante semejante despropósito, cuando los repartidores llegaron aquella noche a nuestra puerta mi bípeda les explicó amablemente que no estaba interesada en 64 kilos de fruta y que por lo tanto prefería no aceptar esa parte del pedido. Los repartidores consideraron bastante justo que una de sus clientas no desease llenar su casa de cítricos, y procedieron a notificar la devolución del producto. Mientras ellos conversaban, yo intentaba imaginarme cómo serían los árboles de los que pendiesen tales frutas, dado que a ocho kilos por pieza las ramas deberían ser como mínimo de acero. De hecho, llegué a la conclusión de que casi era una pena que no nos hubiesen traído de verdad 64 kilos de pomelos porque al precio que nos los cobraban aún podríamos haberlos revendido y sacado beneficio.  

Entonces, en un giro inesperado de los acontecimientos, tras gestionar la devolución de la compra ambos repartidores le dijeron a mi dueña que ya que los ocho pomelos de la discordia habían salido del centro de distribución podía quedárselos como disculpa por las molestias. Mi ama se mostró renuente a aceptarlos porque le parecía poco ético quedarse con un producto que acababan de reembolsarle (y porque recelaba de que acabasen acusándola de apropiarse de la mitad de las existencias de cítricos de East Anglia), pero acabaron por convencerla.

Desde esta aventura, y ante el riesgo de que los del supermercado aparezcan con un volquete lleno de fruta, mi ama ha dejado de comprar pomelos online. Su rutina de aprovisionamiento presencial ahora supone algo más de peso, pero al menos todavía no le han vendido una manzana de diez kilos. 

Hace dos semanas nos trajeron nuestro último pedido a domicilio. La ceremonia fue la misma de siempre y, dado que no compramos pomelos, mi ama se detuvo a charlar animadamente con el repartidor, quien le hizo entrega de la lista de artículos y le tendió la PDA para que firmase la recepción de los mismos. Entre otras cosas, habíamos encargado ocho litros de leche. Llegaron siete. Mi humana estaba tan entretenida parloteando que no se dio cuenta del fallo cuando aceptó la entrega, así que en esta ocasión no puede reclamar.

Dicen, y suscribo, que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Mi simia no solo da tres o cuatro traspiés en el mismo canto rodado, sino que además lo recoge y se lo lleva para casa. ¿No hablábamos antes de coleccionismos innecesarios? ¡Por lo menos las cajas de lentillas tienen cierta utilidad!     

miércoles, 31 de mayo de 2017

In memoriam

Hace un año volví a casa por la noche y habías salido. De pie en la cocina, bañada por una luz blanca semejante a la de un quirófano, sentí que un temor sordo, irreal y tenso se apoderaba de mí. Aquel mes de mayo desquiciante y angustioso había venido para llevarse a alguien por delante y, en su avance ciego, te había elegido a ti.

Han sucedido muchas cosas en este año que te has perdido. Te marchaste sabiendo que me aguardaban otro país y un nuevo trabajo. Cuando te enteraste, apenas cuatro días antes del cataclismo, me abrazaste, me diste la enhorabuena y me preguntaste si estaba contenta. Dudo que a ninguna de las dos se nos pasase por la cabeza que tú te irías antes que yo. 

Me fui, sí, escasamente tres semanas tras tu ausencia, con un nudo inmenso en la garganta y una maleta llena de culpabilidad: qué hacía yo en un avión si mi lugar estaba en tierra, prestando brazos y hombros. Esta vez no era solamente una emigrante sino también una desertora y, como tal, merecedora de un escarmiento: fui sentenciada a la humedad y al frío o, lo que es lo mismo, al recordatorio continuo de que estaba lejos de cualquier cosa vagamente parecida a un hogar. En el fondo, probablemente sintiese que se trataba de una penitencia justa.

Un trasplante de realidad tan repentino hizo que tardase un tiempo más largo del habitual en asimilar que la rutina había cambiado radicalmente del otro lado del Skype. Era tentador, cómodo y sencillo cumplir con mis obligaciones diarias sin pararme a pensar. Tan solo en momentos determinados, a veces sin venir a cuento, me golpeaba la conciencia del vacío, y un escalofrío de incredulidad y de desazón me subía por la espalda.

Desde que ya no estás he transitado por calles que nunca antes había pisado, he conocido a personas maravillosas que me han adoptado sin reservas y he contemplado cielos profundos que invitan a mantener la esperanza en futuros todavía por escribirse. En este año sin ti he descubierto que las masas que nunca preparamos juntas se me dan algo mejor de lo que pensaba y me pregunto si quizás, sin saberlo, lo habré sacado de ti. Sigo recordando tus historias sobre parientes que no conocí y sobre guerras que no viví, y todavía no he olvidado el timbre de tu voz. Tu paraguas verde me protege de la lluvia en los días grises y, puestos a apropiarme de cosas, también he plagiado tus recetas: hago croquetas con mayor frecuencia que antes, ya casi sé adobar salchichas y quizás algún día me atreva con la pepitoria. Soy igual de testaruda, orgullosa y egoísta que cuando te fuiste, e igual de impía. Tengo más canas y más arrugas pero sigo sin ser capaz de cortarme las uñas de la mano derecha con las tijeras, así que empiezo a sospechar que nunca valdré para casada. Sigo llenando cuadernos de tinta de colores y sigo bailando con mis propios fantasmas. En mi pequeño universo de papel y palabras te he buscado un nuevo oficio para que no te aburras porque, a fin de cuentas, siempre dijiste que era una cuentista. No sé si te gustaría tu versión de celulosa, pero no poseo otra manera de redimir y de redimirme.

En definitiva, abuela, quería decirte que estoy bien. Sé que no resulté la nieta que te habría gustado que fuera, pero quisiera pensar que he ido saliendo a flote. Aunque el navío no sea como habrías deseado, doce meses después del último naufragio su casco está calafateado con tus recuerdos.

lunes, 22 de mayo de 2017

Pigeon Toes

Pese a los años que llevo viviendo entre ellos, hay cosas de los simios que todavía me llaman poderosamente la atención. Hoy concretamente vamos a hablar de algo que he observado con muchísima más frecuencia de la habitual desde que nos hemos mudado a Norwich: humanos que andan raro.

Como ardilla que soy, el tema de los pies (y pisotones) de los bípedos es algo que debo tener muy en cuenta cuando no viajo protegida dentro del bolso de mi ama. Se trata de una cuestión tanto de supervivencia como de coquetería: aprecio mucho mi bonita cola.

La cuestión es que, a base de moverme a ras de suelo, he tenido tiempo de sobra para fijarme en las formas de caminar de las personas que me cruzo por estas tierras y he llegado a la conclusión de que algunos isleños tienen una forma muy extraña de desplazarse: giran los pies hacia adentro. San Google dice que esto se llama marcha convergente y que es muy común en los minisimios, pero que se suele corregir sola durante el crecimiento. Aquí, sin embargo, lo veo también en jóvenes e individuos adultos, así que no sé si es que los habitantes de Norfolk mantienen vivo a su niño interior durante más tiempo o si los códigos de cortesía y buena crianza imperantes en las islas convierten en tabú corregir la forma de andar de un bipedito antes de que sea demasiado tarde.

La otra opción que se me ocurre es que, dado que este cuadro también es conocido como dedos de paloma y aquí palomas hay muchas, los habitantes de Norwich estén experimentando una lenta y laboriosa adaptación a su ecosistema. Me pregunto si lo siguiente será que les salgan picos y pongan huevos. Confieso que el pensamiento me inquieta un poco porque nosotras vamos rumbo de cumplir nuestro primer año aquí como residentes, así que he empezado a vigilar los pasos de mi dueña, no vaya a ser que un día de estos le salgan alas y le dé por mudarse (¡otra vez!) a lo alto de un campanario.   

domingo, 21 de mayo de 2017

Mediocritas

Hay seres humanos mediocres. Mediocre, del latín mediocris, definido por la RAE como "de calidad media" o, en su segunda acepción, como "de poco mérito, tirando a malo". En efecto, hay simios de calidad y mérito dudosos que, por alguna razón que me cuesta comprender (comprender tal vez no sea aquí el término correcto, cambiémoslo a digerir), gobiernan naciones, dictan leyes, lideran ejércitos o capitanean empresas. 

Los humanos parecen confusos cuando un congénere de estas características consigue ostentar una posición de poder, como si no lograsen explicarse cómo bellotas ha llegado hasta ahí. Gran misterio, en efecto. No seré yo quien aventure engorrosas conjeturas que pudieran herir las frágiles susceptibilidades de la especie sapiens sapiens. Será que la densidad media de un simio mediocre hace que floten con mayor facilidad o quizás evolutivamente estén dotados de uñas más resistentes que les permiten trepar con mayor eficacia.

Lo peor de la mediocridad no es su existencia, sino lo contagiosa que resulta. La mediocridad engendra mediocridad. Si se piensa bien, es un fenómeno lógico: qué sentido tienen conceptos como la tenacidad, el esfuerzo o la superación cuando a la derecha, entre esos árboles, hay un atajo mucho más rápido para llegar al mismo sitio o, si cabe, incluso más lejos. Solo es necesario seguir los protocolos precisos o tener amigos en los lugares correctos y (po)se(e)r un buen community manager que pregone las bondades de un talento ficticio o magnificado. Para qué preocuparse por la calidad de tu trabajo o la integridad de tus acciones si la fidelidad a tan vetusto código de conducta solo ofrece como magra recompensa un sentimiento consolatorio de superioridad moral (por otro lado ampliamente contestada desde cualquier enfoque relativista que se adopte). 

El conflicto surge cuando el talento real (el absoluto e inequívoco, ese que ni yo ni mi ama tenemos y que resulta deslumbrante cuando se tropieza contra él) se da de bruces con la mediocridad y no dispone de herramientas para sustraerse a su influjo. La mediocridad alumbra individuos temerosos de las consecuencias de despuntar, de distinguirse de sus semejantes, de ser diferentes y, por ende, parias, porque, por muy en alza que esté el individualismo, los simios siguen siendo criaturas gregarias que necesitan pertenecer a algo, llámesele sociedad, cultura, país, familia o equipo de fútbol. Si la aceptación ajena fuese realmente irrelevante nadie se preocuparía de sus me gusta de Facebook, sus retuits o sus seguidores de Instagram (efectivamente, soy una ardilla con presencia en redes sociales). Yo misma no echaría un ojo a las estadísticas de visitas de este blog si no tuviera un punto narcisista enfocado hacia la reacción del vecino de la pantalla de enfrente. La mediocridad se regodea en la homogeneidad porque es mucho más sencillo camuflarse cuando todos se parecen. Por extensión, la mediocridad universal garantiza que nadie puede sentirse amenazado por un súbito arrebato de talento del vecino de al lado.

La mediocridad genera individuos desencantados, derrotados de antemano ante la certeza de que plantar batalla es inútil porque no pueden desbancar al sistema, derrocar al gobierno o zafarse de los mandatos de un superior. La perseverancia en darse de cabezazos contra muros es directamente proporcional al idealismo o a la tozudez de cada quien. La mejor arma contra la insurgencia es la desmotivación. La mediocridad amamanta minisimios que crecerán ciegamente convencidos de que esta es buena y deseable porque la discordancia puede dar lugar a la disidencia, y la disidencia al desequilibrio. No olvidemos que el desequilibrio provoca incertidumbre y la incertidumbre da miedo. Aún más, llegarán a la edad adulta creyendo en la falacia suprema, el triple mortal sin red de la neolengua que adormece conciencias persuadiéndolas de que la mediocridad alberga un espacio, una suerte de rincón con sillón y chimenea, donde cada uno es especial. Especial a su manera única e irrepetible, qué duda cabe, siempre que sea dentro de una saludable isocefalia digna de un bajorrelieve mesopotámico. Nadie hablará de Ministerio del Amor, por supuesto: los herederos de Orwell podrían interponer un pleito por vulneración de derechos de autor.

Desembocamos de este modo en la paradoja perfecta, la consigna sagrada: sé mediocre, my friend, pero sé el mejor mediocre que puedas llegar a ser, y te prometo que tendrás tu empresa, tu ejército, tu tribunal y tu silla presidencial.

viernes, 19 de mayo de 2017

Grocery Shopping

En los primeros meses de este benévolo 2017 se desarrolló un drama silencioso en muchos de los hogares de Norwich. Los humanos hablaban de ello en foros y grupos de Whatsapp, compartiendo su sorpresa, su frustración y, a ratos, su indignación. No llegó a haber una abierta manifestación de malestar, probablemente porque los simios isleños se caracterizan por tener la sangre de horchata, pero la incomodidad se sostuvo durante varias semanas.

El drama en cuestión consistió en que se produjo un desabastecimiento generalizado de vegetales y hortalizas a causa del mal tiempo. Resultaba penoso ver a algunos bípedos paseando por los pasillos del supermercado con la mirada perdida u observando con desconsuelo las estanterías vacías. Sin ir más lejos, mi ama se pasó la mañana de un sábado entretenidísima peregrinando de tienda en tienda buscando inútilmente un triste calabacín que llevarse a la boca. En el momento álgido de la crisis los clientes de Tesco solamente podían abandonar las instalaciones de la cadena con un máximo de dos lechugas iceberg por persona. Todo muy correcto y civilizado y, hasta cierto punto, aburrido: habría sido muy curioso ver una manifestación de humanos rositas con pancartas reclamando el retorno de las bolsas de espinacas.


Pese a la resignación general, no faltaron las teorías conspirativas. Hubo quien dijo que los elevados precios de los pocos vegetales que se podían encontrar constituían una ominosa advertencia de la inflación que se avecinará en los próximos años ahora que los isleños han decidido abandonar un círculo de estrellas amarillas sobre fondo azul que no tengo muy claro lo que significa. También hubo quien se frotó las manos haciendo campaña para incentivar el consumo de productos locales. Mi teoría personal es que las condiciones climatológicas adversas del continente fueron un evidente acto de sabotaje contra la economía isleña y por lo tanto la ausencia de hortalizas en los seriales constituyó una maniobra para desmoralizar a la población y concienciarla de lo vulnerable que resulta sin las importaciones de tierra firme.

Afortunadamente la carencia (y la carestía) no duraron eternamente. El pandemónium alimenticio en el que vivía inmersa mi dueña regresó a su cauce una maravillosa tarde en la que encontramos unos objetos verdes asomando por una caja. Jamás pensé que una cucurbitácea pudiera hacer tan feliz a alguien. Mi ama entró en modo hacer-acopio-de-vituallas-en-previsión-de-un-holocausto-nuclear y regresamos a casa cargadas de calabacines. Desde entonces no acaba de desprenderse de su síndrome de ama de casa de posguerra y se pasa las semanas atiborrando la nevera de verduras, no vaya a ser que otra tormenta atraviese España dejándonos sin tomates igual que hizo un tal Atila con el césped.

 

jueves, 18 de mayo de 2017

Characterisation

– Quiero ser el personaje de uno de tus cuentos.

Lo dijo con una sencillez sentenciosa, similar a la de cierto niño que le pidió a un aviador que le dibujase un cordero.

– Podría ser un ladrón, un monje, un amante, un asesino…

La solicitud la pilló desprevenida, pero inmediatamente sonrió ante la candidez de las sugerencias. Ojalá fuera tan sencillo, pensó, pero nunca lo era. Sus personajes rara vez eran producto de un deseo previo, sino ocurrencias involuntarias, fortuitas y, en ocasiones, díscolas. Ella no era ninguna deidad creadora; a duras penas llegaba a demiurga. Con frecuencia se veía a sí misma como una simple traductora aferrada a un bolígrafo a través del que canalizar la existencia de entes invisibles circulando a su alrededor. No es que ella se los inventase sino que ya estaban allí, en alguna parte del éter, esperando a que alguien los rescatase de la nada para darles un esqueleto de letras. Sus personajes no eran construcciones meticulosamente calculadas dignas de encumbrados literatos: se parecían más a darse de bruces contra alguien por doblar la esquina leyendo la pantalla del móvil.

Entonces él, con lógica infalible y voz profunda de locutor de radio, replicaba que no le estaba pidiendo nada que ella no hubiera hecho antes. Algunos de sus personajes se habían inspirado en personas de carne y hueso, tan tangibles y reales como ellos mismos. ¿Por qué no podía incluirlo en su próximo texto? Ciertamente no debía de ser tan difícil. Si otros se habían filtrado con anterioridad en sus cuentos, él también podía aparecer en uno.

¿Cómo hacérselo entender? La mayor parte de las veces ella sentía que no tenía control alguno sobre lo que sucedía en la historia, ni sobre sus actores. Daba igual lo mucho que intentase orientar la acción hacia un rumbo determinado: cuando a un personaje no le daba la gana de obedecer sencillamente la boicoteaba. La cosa resultaba incluso más grave cuando escribía por encargo porque en esas ocasiones los personajes directamente hacían huelga y le retiraban la palabra. ¿Cómo explicarle que los relatos no pueden forzarse? ¿Que eran ellos quienes la elegían para que los narrase, y no al revés?

En ese momento, mientras ambos divagaban por aquel sendero de tierra a la orilla del río, algo le hizo cosquillas en los dedos. Allí escondida había una historia, pequeñita y modesta, brotando bajo la luz grisácea de las montañas galesas. No se trataba de ninguna novela épica, ni del siguiente best-seller de la temporada primavera-verano. En ella no habría ladrones, ni monjes, ni amantes, ni tampoco asesinos.

– Te prometo que escribiré algo para ti, aunque quizás no sea como te lo imaginas.